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Edición 2342 - Viernes 30 de Marzo de 2007
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Los visitantes están copando los estadios
Los turistas son trasladados al estadio en bus privados. Todos tienen servicio de guía a bordo. Algunos cuentan con azafata, seguridad y catering completo. Dos jóvenes extranjeros se enfrentan en un partido de divisiones inferiores entre River e Independiente.
Escribe Leandro Ferreyra

Si juntamos los relatos de dos comentaristas de fútbol con estilos bien marcados como los de Víctor Hugo Morales y Sebastián Vignolo, podríamos empezar así: «roba Zapata en el medio campo, juega rápido con Belluschi que devuelve la pared. Otra vez Zapata, ¡elude a Carboni, tira el centro, ta ta ta entra solo Falcaooooooooo, ta, ta, taaaaa!!!».
«No lo cante, no lo grite y no se abrace! Qué cerca pasó esa pelota del palo izquierdo de Bossio, y qué cerca estuvo River de convertir el primer gol del partido.»
De fondo se escucha el clásico ¡uuuuuuu! de la hinchada albirroja. Los pocos simpatizantes de Lanús -que parecen perdidos en el codo visitante- respiran aliviados. El partido sigue 0 a 0.
Pero ante el asombro general, un rubio grandote se sube al despintado respaldo de la platea San Martín al grito de «¡goooool, goooool!» y sacude sus brazos como si estuviera bailando el hit ochentoso «I Will Survive», de Gloria Gaynor. Es norteamericano; luce una gorra de visera larga; bermudas inmensas tipo rapero y remera de los San Antonio Spurs con el número 20 (por el argentino Emanuel Ginóbili, estrella en la NBA). Tiene el cutis tan blanco como la nube que amenaza con hacer llover en el estadio Monumental.
Observo la imagen e inmediatamente me viene a la memoria una confesión del escritor uruguayo Eduardo Galeano: «Cuando era joven jugaba bárbaro, pero de noche, mientras soñaba; de día era el peor pata de palo que se hubiera visto en los campitos de mi país».
Hago un esfuerzo y sin embargo no logro imaginar a este muchacho jugando al fútbol. Forma parte de una delegación de seis norteamericanos que llegaron a la cancha de River a través de Fútboltour, un programa que se ofrece a través de agencias, hoteles e «improvisados» que supieron combinar dos de los negocios más rentables en la actualidad: fútbol y turismo.

El numero uno

Un informe del diario inglés «The Observer» ubicó el clásico Boca-River (en la Bombonera) en el puesto número uno de los 50 acontecimientos más importantes a los que cualquier aficionado al deporte debería asistir antes de morirse. Detrás del superclásico, recomiendan manejar un automóvil particular por el circuito de Mónaco de la Fórmula 1; asistir a la final de tenis en la cancha principal de Wimbledon; ver los 100 metros en juegos olímpicos. Una pelea de boxeo en el Madison Square Garden; correr el Maratón de Nueva York y jugar al polo montando elefantes en Nepal, entre otros.
«Si investiga el negocio de los tours de fútbol se va a sorprender», me había advertido Ricardo Colonna, fundador de AllStadium y productor de TV. «Se vende mucho pescado podrido. Hay gente metida que no tiene nada que ver con el negocio. Son los famosos improvisados, que se mueven en un mercado negro. Llevan a los extranjeros como ganado», se indigna.

Servicio vip

Colonna entiende del tema. Siete años de experiencia y un servicio vip diferente al del resto de sus competidores avalan sus dichos.
«En el año 2000 no existía el negocio. Empezamos trabajando a nivel corporativo. A diferencia de los tours convencionales, nosotros ponemos a disposición un minibus, personal de seguridad, azafata y catering completo (incluye champagne, el mejor Malbec, cerveza, sushi, masas finas)».
Al igual que sus colegas, Colonna asegura que un partido Boca-River, en La Bombonera, ocupa el máximo lugar en el podio entre las preferencias de los turistas. Basta mencionar que al último superclásico del fútbol argentino jugado ahí concurrieron 500 extranjeros, que dejaron 20 mil dólares sólo en concepto de venta de entradas.

Que no se diga

Mezclarse entre los plateístas xeneizes y vivir el duelo de cánticos de «La 12» vs. «Los Borrachos del Tablón» (como se conoce a las hinchadas de Boca y River) fluctúa entre los 500 pesos y 250 dólares.
En cambio, observar el partido junto a los «salieris» de Rafael Di Zeo o de Alan Schlenker (líderes de las hinchadas) tiene otro precio. Puede salir más caro o más barato, según quién ofrezca el servicio. Se comenta en los pasillos de La Bombonera y en oficinas de algunos operadores (nadie quiere opinar), que hay excursiones organizadas entre la barra brava de Boca y algunos agencieros que oscilan los 200/300 dólares por persona. «El 60% de esa recaudación es para la hinchada», comenta el gerente de una agencia que comercializa tours de fútbol, al tiempo que implora reserva de identidad. Cuenta que el programa comienza con un encuentro entre el guía y el turista en la puerta del hotel. Desde allí se trasladan en un colectivo de línea a Casa Amarilla, lugar de encuentro de la barra boquense antes de cada partido. El visitante ensaya junto a «La 12» algunas canciones de cancha y luego se traslada hacia el estadio, para ocupar un lugar en la popular local. Al terminar, regresa al hotel en otro colectivo de línea.
Tangol es otra de las firmas que comercializa el producto. Según Hernán Garriga, socio gerente, la mayoría de los turistas que consumen el servicio provienen de Chile, Colombia y México. «Muchos vienen para ver jugar a sus compatriotas en clubes argentinos. Otros porque sus ídolos locales dejaron un sello acá», aclara. Las palabras de Garriga invitan a soñar. Cierro los ojos e imagino a tres extranjeros. Algo los une al mismo tiempo que los diferencia. Llegaron juntos y se ubicaron en la platea. Comparten simpatía por el mismo club. Es más, todos tienen la camiseta oficial de River, ¡y con el número 9!
Pero el de la derecha tiene la espalda estampada con el nombre «Matador». Es por Marcelo Salas, ganador de 4 títulos entre el 96 y 97. Es chileno, no hay dudas.
En la casaca que lleva puesta el joven de la izquierda se lee «Enzo». Es uruguayo y fanático de Francescoli, máximo goleador extranjero en la historia del club. Ganador de 7 títulos, incluyendo una Copa Libertadores y una Supercopa.

LUNA DE MIEL EN LA BOCA

En cambio, la remera del muchacho que está en el medio dice «Angel». Recuerdo que Juan Pablo fue resistido al principio por la parcialidad millonaria pero luego se ganó el cariño a fuerza de goles a fines de la década del 90. Es colombiano, y a diferencia de sus compañeros de tour, llegó al Monumental para alentar a Falcao García y a Nelson Rivas, dos compatriotas que juegan en la actualidad.
Arriaga contó una anécdota sobre unos irlandeses que «se vinieron a pasar la luna de miel en Buenos Aires especialmente para ver Boca-River. Yo no lo podía creer». Explica que «el europeo y el norteamericano, no conocen tanto de fútbol como el latinoamericano, pero vienen por el show y el folklore. Saben que
en ninguna parte se vive el fenómeno como acá» (sobre todo).
En Tangol, el servicio ronda los 150 pesos con traslados, entradas y guía incluidos.
La propuesta de Javier Romero, director de Planeta F, es ofrecer un servicio «más abarcativo». «El turista vive la previa del partido, concurriendo a entrenamientos, participando de charlas técnicas, jugando un picado o visitando distintos estadios de Primera División» en lo que respecta al fútbol. «Pero también ofrecemos visitas guiadas por la ciudad, recorriendo circuitos turísticos de acuerdo con un programa estipulado (ver infografía). Romero comentó que recibió un grupo de tres chicos de Estados Unidos de entre 12 y 15 años: «Estuvieron un mes y medio. Vivieron una experiencia única. Entrenaban en Quilmes e iban a la cancha los domingos a ver a Independiente, Racing, River, Boca, San Lorenzo». Planeta F recibirá en agosto a una delegación de 50 chicos del mismo origen. Uno de ellos, de 14 años, se queda un año a probar suerte en Quilmes.
«El partido se extingue. Minuto 47 del segundo tiempo. Jugamos tiempo adicionado por el árbitro. Belluschi ejecutará el tiro libre desde la derecha. ¡Ojo con Tuzzio, que llega solo por el otro sector! Los diez jugadores de Lanús defienden la igualdad. Llega el centro, rechaza Romero, le queda la pelota a Tuzzio, ta, ta, ta, ta, gooooooollll, gooooollllll. River festeja; su gente festeja. La hinchada se acuerda de su clásico rival.» Casi perdido entre la multitud, un rubio grandote se sube al despintado respaldo de la platea San Martín...
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