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Los turistas son trasladados
al estadio en bus privados. Todos tienen servicio de guía a
bordo. Algunos cuentan con azafata, seguridad y catering
completo. Dos jóvenes extranjeros se enfrentan en un partido
de divisiones inferiores entre River e
Independiente. | Escribe Leandro
Ferreyra
Si juntamos los relatos de dos comentaristas de
fútbol con estilos bien marcados como los de Víctor Hugo Morales
y Sebastián Vignolo, podríamos empezar así: «roba
Zapata en el medio campo, juega rápido con Belluschi
que devuelve la pared. Otra vez Zapata, ¡elude a Carboni,
tira el centro, ta ta ta entra solo Falcaooooooooo, ta, ta,
taaaaa!!!». «No lo cante, no lo grite y no se abrace! Qué cerca
pasó esa pelota del palo izquierdo de Bossio, y qué cerca
estuvo River de convertir el primer gol del partido.» De
fondo se escucha el clásico ¡uuuuuuu! de la hinchada albirroja. Los
pocos simpatizantes de Lanús -que parecen perdidos en el codo
visitante- respiran aliviados. El partido sigue 0 a 0. Pero ante
el asombro general, un rubio grandote se sube al despintado
respaldo de la platea San Martín al grito de «¡goooool,
goooool!» y sacude sus brazos como si estuviera bailando el hit
ochentoso «I Will Survive», de Gloria Gaynor. Es
norteamericano; luce una gorra de visera larga; bermudas inmensas
tipo rapero y remera de los San Antonio Spurs con el número 20 (por
el argentino Emanuel Ginóbili, estrella en la NBA). Tiene el
cutis tan blanco como la nube que amenaza con hacer llover en el
estadio Monumental. Observo la imagen e inmediatamente me
viene a la memoria una confesión del escritor uruguayo Eduardo
Galeano: «Cuando era joven jugaba bárbaro, pero de noche,
mientras soñaba; de día era el peor pata de palo que se hubiera
visto en los campitos de mi país». Hago un esfuerzo y sin
embargo no logro imaginar a este muchacho jugando al fútbol. Forma
parte de una delegación de seis norteamericanos que llegaron a la
cancha de River a través de Fútboltour, un programa que se
ofrece a través de agencias, hoteles e «improvisados» que supieron
combinar dos de los negocios más rentables en la actualidad:
fútbol y turismo.
El numero uno
Un informe del
diario inglés «The Observer» ubicó el clásico Boca-River (en la
Bombonera) en el puesto número uno de los 50 acontecimientos más
importantes a los que cualquier aficionado al deporte debería
asistir antes de morirse. Detrás del superclásico, recomiendan
manejar un automóvil particular por el circuito de Mónaco de la
Fórmula 1; asistir a la final de tenis en la cancha principal de
Wimbledon; ver los 100 metros en juegos olímpicos. Una
pelea de boxeo en el Madison Square Garden; correr el
Maratón de Nueva York y jugar al polo montando elefantes
en Nepal, entre otros. «Si investiga el negocio de los
tours de fútbol se va a sorprender», me había advertido Ricardo
Colonna, fundador de AllStadium y productor de TV. «Se vende mucho
pescado podrido. Hay gente metida que no tiene nada que ver con el
negocio. Son los famosos improvisados, que se mueven en un mercado
negro. Llevan a los extranjeros como ganado», se
indigna.
Servicio vip
Colonna entiende del
tema. Siete años de experiencia y un servicio vip diferente al del
resto de sus competidores avalan sus dichos. «En el año 2000
no existía el negocio. Empezamos trabajando a nivel corporativo. A
diferencia de los tours convencionales, nosotros ponemos a
disposición un minibus, personal de seguridad, azafata y catering
completo (incluye champagne, el mejor Malbec, cerveza, sushi, masas
finas)». Al igual que sus colegas, Colonna asegura que
un partido Boca-River, en La Bombonera, ocupa el máximo lugar en
el podio entre las preferencias de los turistas. Basta mencionar
que al último superclásico del fútbol argentino jugado ahí
concurrieron 500 extranjeros, que dejaron 20 mil dólares sólo en
concepto de venta de entradas.
Que no se
diga
Mezclarse entre los plateístas xeneizes y vivir el
duelo de cánticos de «La 12» vs. «Los Borrachos del Tablón»
(como se conoce a las hinchadas de Boca y River) fluctúa
entre los 500 pesos y 250 dólares. En cambio, observar el
partido junto a los «salieris» de Rafael Di Zeo o de
Alan Schlenker (líderes de las hinchadas) tiene otro precio.
Puede salir más caro o más barato, según quién ofrezca el servicio.
Se comenta en los pasillos de La Bombonera y en oficinas de
algunos operadores (nadie quiere opinar), que hay excursiones
organizadas entre la barra brava de Boca y algunos agencieros que
oscilan los 200/300 dólares por persona. «El 60% de esa
recaudación es para la hinchada», comenta el gerente de una agencia
que comercializa tours de fútbol, al tiempo que implora reserva de
identidad. Cuenta que el programa comienza con un encuentro entre el
guía y el turista en la puerta del hotel. Desde allí se trasladan
en un colectivo de línea a Casa Amarilla, lugar de encuentro de la
barra boquense antes de cada partido. El visitante ensaya
junto a «La 12» algunas canciones de cancha y luego se traslada
hacia el estadio, para ocupar un lugar en la popular local. Al
terminar, regresa al hotel en otro colectivo de línea. Tangol
es otra de las firmas que comercializa el producto. Según
Hernán Garriga, socio gerente, la mayoría de los turistas
que consumen el servicio provienen de Chile, Colombia y México.
«Muchos vienen para ver jugar a sus compatriotas en clubes
argentinos. Otros porque sus ídolos locales dejaron un sello
acá», aclara. Las palabras de Garriga invitan a soñar.
Cierro los ojos e imagino a tres extranjeros. Algo los une al mismo
tiempo que los diferencia. Llegaron juntos y se ubicaron en la
platea. Comparten simpatía por el mismo club. Es más, todos tienen
la camiseta oficial de River, ¡y con el número 9! Pero el de
la derecha tiene la espalda estampada con el nombre «Matador».
Es por Marcelo Salas, ganador de 4 títulos entre el 96 y
97. Es chileno, no hay dudas. En la casaca que lleva puesta el
joven de la izquierda se lee «Enzo». Es uruguayo y fanático de
Francescoli, máximo goleador extranjero en la historia del
club. Ganador de 7 títulos, incluyendo una Copa Libertadores y
una Supercopa.
LUNA DE MIEL EN LA BOCA
En cambio,
la remera del muchacho que está en el medio dice «Angel».
Recuerdo que Juan Pablo fue resistido al principio por la
parcialidad millonaria pero luego se ganó el cariño a fuerza de
goles a fines de la década del 90. Es colombiano, y a diferencia de
sus compañeros de tour, llegó al Monumental para alentar a Falcao
García y a Nelson Rivas, dos compatriotas que juegan en
la actualidad. Arriaga contó una anécdota sobre unos
irlandeses que «se vinieron a pasar la luna de miel en Buenos Aires
especialmente para ver Boca-River. Yo no lo podía creer».
Explica que «el europeo y el norteamericano, no conocen tanto de
fútbol como el latinoamericano, pero vienen por el show y el
folklore. Saben que en ninguna parte se vive el fenómeno como
acá» (sobre todo). En Tangol, el servicio ronda los
150 pesos con traslados, entradas y guía incluidos. La
propuesta de Javier Romero, director de Planeta F, es
ofrecer un servicio «más abarcativo». «El turista vive la previa
del partido, concurriendo a entrenamientos, participando de charlas
técnicas, jugando un picado o visitando distintos estadios de
Primera División» en lo que respecta al fútbol. «Pero también
ofrecemos visitas guiadas por la ciudad, recorriendo circuitos
turísticos de acuerdo con un programa estipulado (ver
infografía). Romero comentó que recibió un grupo de tres
chicos de Estados Unidos de entre 12 y 15 años: «Estuvieron un
mes y medio. Vivieron una experiencia única. Entrenaban en
Quilmes e iban a la cancha los domingos a ver a Independiente,
Racing, River, Boca, San Lorenzo». Planeta F recibirá en
agosto a una delegación de 50 chicos del mismo origen. Uno de
ellos, de 14 años, se queda un año a probar suerte en
Quilmes. «El partido se extingue. Minuto 47 del segundo tiempo.
Jugamos tiempo adicionado por el árbitro. Belluschi ejecutará
el tiro libre desde la derecha. ¡Ojo con Tuzzio, que llega
solo por el otro sector! Los diez jugadores de Lanús defienden la
igualdad. Llega el centro, rechaza Romero, le queda la pelota
a Tuzzio, ta, ta, ta, ta, gooooooollll, gooooollllll. River festeja;
su gente festeja. La hinchada se acuerda de su clásico rival.» Casi
perdido entre la multitud, un rubio grandote se sube al
despintado respaldo de la platea San Martín... |